Los dragones son
parte de nuestra cultura. En cualquier lugar del planeta existe
algún mito o leyenda sobre ellos: desde Ladón protegiendo
el jardín de las Hespérides al dragón que muerde
las raíces de Ygdrasil, estas criaturas están presentes
en nuestras historias más antiguas.
Quizás uno de los relatos sobre dragones más populares
está en la Biblia, en Job 41. Se describe a Leviatán
portando escamas irrompibles y con un aliento de fuego abrasador.
Esta descripción, si bien es poética y religiosa,
nos resulta especialmente familiar a los jinetes. ¿Quizás
la bestia milenaria que inspiró este pasaje era mucho más
grande que los dragones de hoy en día?
Otros mitos parecen mucho más alejados de la verdad. En Yuen
Kien Lei Han (China), se creía que los dragones obtenían
sus cuernos después de 500 años, y sus alas transcurridos
1.000 años. Ningún jinete ha visto jamás a
un dragón sin cuernos, ni mucho menos a uno sin alas. Marcelo
consiguió acercarse a un nido mientras Sandro distraía
a la madre, y nos dijo que la cría de dragón tenía
alas y unos diminutos cuernos.
Sin embargo, algunas afirmaciones descabelladas y rechazadas de
lleno por los académicos, como que los asilyanos y los mokais
luchaban batallas sobre dragones, podrían ser más
verdaderas de lo que parecen. Sabemos que existen los dragones (o
animales que pueden describirse como tales), y hemos cabalgado sobre
ellos; incluso los hemos domado.
La experiencia nos dice que estos mitos y leyendas suelen tener
poco que ver con la realidad que conocemos. Pero de estas leyendas
podemos deducir que los dragones eran más abundantes en el
pasado que en la actualidad. Puede que la expansión de la
raza humana los llevase al borde de la extinción, como ocurrió
con muchas otras criaturas.
Gran parte de la culpa es de San Jorge.
Por Zoë
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