Toda expedición tiene dos posibles comienzos:
o un informe de primera mano de un jinete amigo, o el escrutinio
de periódicos, noticias o rumores de la zona.
Fue Olivier el que primero detectó señales de actividad
mientras buscaba en Internet noticias de Chile. Varios granjeros
de Chaca, que poseían parcelas en la frontera con el desierto
de Atacama, habían perdido varias cabezas de ganado. Un par
de semanas después de estas desapariciones, un pastor descubrió
varias reses muertas, y el incidente llamó la atención
de los medios. El artículo culpaba a una especie de gato
gigante, pero las fotos que ilustraban el texto daban pistas sobre
un depredador muy distinto.
Comenzamos a buscar más indicios: buscamos en la red y en
los periódicos de la zona que nos enviaron por correo. No
encontramos nada, hasta que Manu descubrió unos informes
de expediciones ornitológicas en el área. Curiosamente
en dichos informes no había ni una sola mención a
los pájaros. Casi tres semanas después del descubrimiento
de Olivier, una breve reseña en un periódico local
nos confirmó que los granjeros seguían preocupados.
Fue entonces cuando decidimos ir allí a echar un vistazo.
De haber algún dragón en el área, seguro que
se escondía en algún lugar de las tierras baldías
y montañosas que había entre los pueblos granjeros
y el desierto. En el desierto de Atacama se alcanzan a diario temperaturas
de entre 0 °C y 25 °C. No queríamos pasar frío,
así que añadimos mucha ropa de abrigo a nuestro equipaje
habitual (aparejos de caza, mapas y guías) y los tres volamos
hasta Arica.
En Chile dio comienzo la parte más dura de la misión.
Nos llevó diez días más recopilar informes
de primera mano de los granjeros y delimitar el área que
íbamos a explorar. Gracias a un golpe de suerte, una anciana
de Chaca nos contó que en su infancia se habían producido
desapariciones de ganado similares a éstas, y que había
visto a un lagarto de fuego en las colinas que estaban más
allá de la granja de su tío.
Cargamos nuestro jeep alquilado y comenzamos allí la búsqueda.
Nuestro plan era aparcar cada día en una granja distinta
y rastrear huellas en las colinas montañosas.
El tercer día tuvimos buena y mala suerte: lo encontramos,
pero él también nos encontró a nosotros. Algo
que, como podéis ver, no le alegró especialmente.
¿Qué falló? ¿Pudimos hacer algo más?
Creo que no. Tras varias semanas de investigación y de preparativos,
a veces los mejores planes fracasan sin más.
Quizás la próxima vez...
Por Éric
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